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Iconoclasistas. Dispositivos de investigación colaborativa, mapeo colectivo itinerante, cartografías críticas y recursos gráficos de código abierto.

Un caudal de imágenes para profundizar el pensamiento crítico apostando a fomentar perspectivas múltiples.

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Discursos, signos y prácticas situadas

Taller que propone analizar a la ciudad como si fuera un texto semiótico. Al conceptualizarla como un relato, se habilita una forma de comunicación que se despliega a partir de un ecosistema de sentidos. Lxs participantes, como lectores inmersos en este medio ambiente visual, interactúan e identifican esta constelación de signos, habilitando sentidos que intervienen en la construcción de subjetividades.
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La ciudad es una escritura; quien se desplaza por la ciudad, es decir, el usuario de la ciudad (que somos todos) es una especie de lector que, según sus obligaciones y sus desplazamientos, aísla fragmentos del enunciado para actualizarlos secretamente.
Roland Barthes, La aventura semiológica

Al conceptualizar a la ciudad a partir de la presencia de sus signos, de los lenguajes a partir de los cuáles estos se organizan, y de la variedad de narrativas a la que dan lugar (pudiendo ser ficcionales, futuristas o distópicas; policiales, médicas, geográficas o históricas, entre otras posibilidades), podemos analizarla como un texto semiótico.  La ciudad es un relato vivo y habilita una forma de comunicación que se despliega en un ecosistema de sentidos. Nosotros, sus lectores, inmersos en este medio ambiente visual, interactuamos con una constelación de signos, creando y trocando sentidos que intervienen en la construcción de subjetividades.

Si bien parecería que la ciudad se nos ofrece de manera plena, y que todos sus sentidos nos son transparentes, vale decir, que están al “alcance del ojo”, esto realmente no es tan así. El medio ambiente visual nos provee tal catarata de información, que en nuestros recorridos cotidianos termina estableciéndose una puja sígnica entre estímulos de carácter más artificial, o ideados por el mundo del marketing y la publicidad; las huellas gráficas históricas, y las nuevas espacialidades creadas por las políticas de los medios de comunicación. De esta manera, la ciudad como espacio social plagado de significaciones, siempre dice algo más que aquello que aparece de forma “evidente”, y qué leemos o no, también dependerá de nuestros hábitos, gustos, inquietudes e intereses.

Capturamos los signos de la ciudad a través de diversas mediaciones sensoriales, que muchas veces recortan una perspectiva específica que limita la profundidad del contexto (las pantallas de los dispositivos tecnológicos son uno de los ejemplos fundamentales de esto que mencionamos). Por otra parte, ya sea por la celeridad en nuestro ritmo de vida —que nos obliga a caminar velozmente para cumplir con diversas obligaciones—, o las preocupaciones insistentes —que nos sumen en un estado de reflexión que nos aliena de percibir el contexto—, o la configuración misma de las ciudades —que nos obliga a caminar mirando el piso para no caernos, tropezarnos o para eludir obstáculos—; hay un montón de signos e interacciones con supratextos (contextos externos) y textos mínimos (lo pequeño, periférico o invisibilizado) que cotidianamente “nos perdemos”.

Entonces ¿qué es aquello que no vemos y espera a ser observado? ¿de qué nos estamos olvidando? ¿hay experiencias visuales que harían más rica nuestra percepción urbana e impactarían en una subjetividad activa y conectada? ¿cómo apartarse de los discursos ya pre armados de los medios y la publicidad, que nos solicitan de forma permanente la respuesta a un estímulo artificial? ¿qué ejercicios debemos implementar para abordar textos menos fáciles de digerir, pero más potentes en cuanto a su riqueza de significaciones? ¿cómo habilitar una percepción que impulse una práctica cultural de construcción de sentidos, y que incluya una actividad de todo el cuerpo?
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Hay una retórica del andar. El arte de “dar vuelta” a las frases tiene como equivalente un arte de dar vuelta a los recorridos. Como lenguaje ordinario, este arte implica y combina estilos y usos.
Michel De Certeau, Andar en la ciudad

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Mediante caminatas, recorridos y derivas urbanas, podemos inteligir la ciudad a través del significado de sus signos, señales viales, carteles publicitarios o nombres de las calles. ¿Cómo solemos interactuar con este medio ambiente visual? ¿qué operaciones desplegamos para darle sentido a esos textos? ¿qué motricidades articulamos en las particulares geografías urbanas? ¿con qué significados exploramos las huellas que visualizamos? ¿que sentidos nos aportan esos jeroglíficos dispersos a través de representaciones gráficas? ¿qué tipo de sujetos construyen los textos de nuestra ciudad?

Como lectores de la ciudad, desentrañamos la complejidad social y cultural en su dinámica histórica, a partir de una puesta en escena del cuerpo y su aparato sensorial y perceptivo, el cual interactúa con los conocimientos y experiencias previas y personales. A través de estos procedimientos, traducimos espacios, interpretamos signos, semantizamos sucesos y decodificamos los ritos que emergen en nuestro medio ambiente visual. Mantenemos una relación afectiva y emocional con el contexto, y así observamos, comprendemos y generamos conocimiento. Activamos toda una “epistemología del sentipensar” que se trama a partir de la razón, pero que también está mediada por el aparato sensorio perceptivo.

Habitamos una sociedad de la imagen en donde el rol performativo de la mirada para la construcción de lo social, se revela fundamental. Los movimientos oculares ejercitan una calistenia diaria que no por activa es estratégica o completa. Si el ángulo de la mirada suele mantenerse a 45 o 90 grados, es decir, hacia abajo o hacia adelante, cuando leemos la ciudad de manera conciente debemos experimentar otros ángulos visuales para decolonizar la mirada, ¿cuántas veces observamos el cielo para comprender el significado de las nubes? ¿o las copas de los árboles para visualizar qué tipo de pájaros cobija, o cuáles son sus árboles preferidos para armar un nido? Los signos más opacos a nuestra percepción permanecen como un susurro, un eco que se activa en nuestro choque sensorial con ellos.

Para leer la ciudad, haremos prevalecer una actitud contemplativa, un detenerse, un “tomar” un tiempo para observar y profundizar en el contexto, como modos de generar experiencia e incorporar nuevas informaciones o conocimientos. Y esto lo activaremos no sólo con la vista —aunque ésta sea el órgano privilegiado. Hay toda otra serie de órganos perceptivos y sensoriales que se ponen en juego en esta acción, ¿qué rol tiene lo táctil? ¿qué memorias se activan a partir de los olores? ¿qué imaginario construyen los sonidos prevalentes en un lugar?

A través de la percepción organizamos el mundo y construimos su sentido, y la presencia del cuerpo es total aunque no haya una cabal conciencia de ello. En forma paralela, la emisión de mensajes y señales intervienen en nuestro comportamiento, y es necesario diferenciar previamente el estatus desde el cual seremos observadores activos, pues no es lo mismo ser un vecino del lugar, un transeúnte ocasional o un turista del territorio que queremos leer.

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La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.
Italo Calvino, Ciudades invisibles

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Partimos de una relación personal con la ciudad, de un modo propia de habitarla y circular por ella. Nos interesa observar su vida sígnica a partir de visiones personales, que siempre son parciales, y en base a la experiencia de cada uno. Vamos a recuperar el modo en que los signos urbanos hacen sentido para cada transeúnte, para visibilizar cómo nos apropiamos de la ciudad a partir de un interés subjetivo, ya que eso —qué vemos y qué no— también puede decir mucho de nosotros y de los otros.

Queremos crear otras experiencias, y para ello implementaremos una lectura que se trama sobre una semiología urbana, por fuera y en contra de una concepción utilitarista o de una lógica mercantil urbana. Leer la ciudad tiene que ser un nuevo oficio, pero no por ello una especialidad en manos de algunos pocos. Lo primero que debemos hacer es activar una práctica que reniegue de la alienación en la cual discurre nuestra existencia cotidiana callejera. Para lograrlo será preciso desviar el tránsito automatizado de nuestros cuerpos, desligarnos de los tiempos productivos del “deber hacer”, y renegar de las acciones estratégicas que buscan lograr fines específicos.

Cada territorio abordado tendrá sus particularidades y delineará, de alguna manera, las posibilidades de nuestros desplazamientos. Por esta razón, los resultados de las lecturas serán variados, y las posibilidades que emerjan, múltiples. Podemos componer nuevos modelos de datos a través de los símbolos recuperados, elaborar catálogos de signos que a nadie importan, organizar y componer series sobre nombres de calles, monumentos dedicados a mujeres, callejones sin salida o edificios históricos; inventariar letreros, señales de tránsito o grafitis; armar tablas de doble entrada sobre los temas prevalentes en las vallas publicitarias y su ubicación; elaborar pantones de una zona de la ciudad, a partir de la identificación de los códigos de color dominantes en dicho paisaje; armar muestrarios táctiles de las texturas presentes en determinadas áreas, entre muchas otras posibilidades.
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Una geogafía habitada y personal, una cartografía poética.